«Érase una vez, un niño que fue con su padre al circo. Feliz y boquiabierto ante cada nuevo número que aparecía abajo en la pista, reparó en un inmenso elefante que, con una fuerza descomunal, movía grandes troncos de madera, jaulas con tigres dentro y todo lo que le pusieran por delante de un lado a otro de la pista con la misma facilidad que el niño podía mover una aceituna de un lado al otro de su plato.
Al terminar la función y salir del circo, el niño observó con sorpresa que, después de realizar su número, el elefante era atado a un pequeño tronco de madera clavado en el suelo con un grillete en su tobillo. Como no lo entendía, el niño le preguntó a su padre:
